La placenta: comerla o no comerla, esa es la cuestión

A raíz del revuelo provocado por el Informe Doulas, y sobre todo por la atribución de “canivalismo” a prácticas que (supuestamente) recomiendan las doulas a las mujeres que requieren de su acompañamiento, he decidido tomar parte en el asunto. Primero, dejar claro que NO todas las doulas recomiendan estas prácticas, y es en esas doulas en las que confiaría plenamente el acompañamiento en mi embarazo, parto y post-parto. Sois maravillosas y realizáis una tarea inestimable. [Aprovecho para enlazar una gran reflexión de Cris de Mareta Meva en relación al infame Informe, aunque está en catalán, es fácil de entender (y traducir).]

Hablando de ese sector que sí lo recomienda y practica, lo más sorprendente (bueno, en realidad no me sorprende) es que se enmarca, en la mayoría de casos, en un intento a retomar una vida más natural, más paleo… Así que no me extraña que uno de los lugares donde haya vuelto con más fuerza sea Estados Unidos, y los círculos más “naturales” aquí en Europa y en concreto España… Y como con todo el tema paleo, hay quien se pasa de cronología y hace un retorno a un pasado demasiado lejano… Far far away. Un anacronismo en toda regla. Ahí lo dejo.

No voy a exponer las posibles bondades o inconvenientes de comer la placenta recién parir, ni voy a valorar si debe hacerse o no. Simplemente voy a hacer lo que se me da mejor, que es buscar las bases antropológicas y etológicas de los homínidos en esta práctica.

De hecho, como con todo, debemos considerar el gran efecto placebo. ¿Y a qué viene esto? Pues que si le preguntas a una mujer que haya consumido su placenta (que por cierto, no la consume en el minuto 1 de su expulsión, sino que muchas veces cocinada, después de congelada, o hasta disecada y encapsulada como una suplementación más), te dirá todos los beneficios maravillosos que ha notado y experimentado. Y lo más remarcable, es que si se la come, ya lo hace con la idea en mente de que le va a beneficiar en algún modo. Dudo que haya partidarias de la placentofagia que no lo hayan hecho plenamente convencidas de sus bondades, y sobre todo, que ninguna te dirá que no sintió ningún efecto miraculoso tras su ingesta… ¿Confluencia de factores? Efecto placebo en estado puro.

Yendo a lo que me interesa, empezaré con una frase contundente y que puede generar polémica: los seres humanos NO nos comemos la placenta. Lo siento. Somos los únicos que no lo hacemos. De hecho, es un comportamiento que dejamos de tener hace mucho tiempo en nuestra recorrido evolutivo (de ahí al anacronismo antes mencionado). NO niego que haya quien se la comiera y se la coma, pues, comestible, lo que se dice comestible, lo es, y otros simios, como chimpancés y orangutanes se la comen. El caso es que, como desgranaremos a continuación, antropológicamente registramos un tratamiento más ritual para este órgano que no de consumo.

Veámoslo detenidamente.

Pero primero, ¿qué es la placenta? Es ese órgano de origen maternofilial, esa maravilla que nos ha brindado la evolución, que nos permite el intercambio de gases, alimentos y otros productos entre madre y bebé… Pero que tan malas jugadas ha pasado a las madres por ser un elemento tan rastreable y que expone a mil y un peligros a madre e hijo.

Hay muchísimas razones de peso para pensar que nuestros primerísimos antepasados parían como orangutanes y chimpancés, dando a luz en las copas más altas, de noche, y tomando tantísimas precauciones para no dejar rastro y evitar ser presa de serpientes y otros depredadores diurnos y nocturnos. Progresivamente, con el cambio a la vida en espacios abiertos, quizás empezaran a haber partos diurnos y nocturnos.

Se ha relacionado, pues, el consumo placentario tanto con el momento del día en que se pare como el medio natural en el que se vive. Entonces, el comerse la placenta sería otra precaución más para evitar ser objeto de depredadores, así como es la construcción de nidos en las partes altas de árboles como hacen los orangutanes o chimpancés.

Por otra parte, y de rebote, es que además de un método eficaz para evitar dejar rastro, sea una fuente inmediata de energía e hipervitaminación, después de días mal alimentadas por la pesadez de los últimos días de embarazo (cosa que difícilmente ocurre en nuestra especie). Es decir, podríamos verlo como beneficio nutricional e inmunitario/antibiótico para la recién parida, pues se documenta, de hecho, el consumo tanto de placenta, líquidos y heces de la cría. Lo que no tenemos en cuenta muchas veces, es que se la comen anteponiéndolo a las atenciones al recién nacido, que lo dejan para más tarde. (No comen placenta congelada o encapsulada ;), ni la guardan, pues llevarla consigo no sería más que poner en riesgo la nueva vida y la propia).

Quizás debamos plantearnos varios aspectos en el progresivo abandono de esta práctica en nuestra especie:

  • alta socialidad de la mujer embarazada, con grandes cuidados hasta el término del embarazo, y no está tan desvalida y desnutrida como nuestros parientes los chimpancés o orangutanes;
  • abandono de la vida en medios no arbolados y vida en zonas fuera de peligro;
  • y sobre todo, cultural. Hay una explicación social y cultural al tratamiento de la placenta.

Es especialmente importante este último punto, pues con el desarrollo de una amplia consciencia, se le empezaría a atribuir un valor ritual antes no pensado. Y es que aunque es un órgano ajeno a nuestra anatomía, solo lo desarrollan mujeres embarazadas y tiene origen no sólo materno, también fetal. Es contemplado, de este modo, como el máximo exponente del vínculo entre madre y hijo: lo nutre y vincula emocionalmente con la madre. Sólo las madres saben la relación que han tenido con sus hijos mientras estaban dentro de sus vientres. Cierra una etapa y abre otra.

Estos rituales pueden tener una explicación médica, pero que no explica por si sola las cosas que se hacen con ella. Sí que es verdad que no deja de ser otro tipo de protección frente a riesgos reales. Como antes veíamos que algunos simios se la comen como prevención de ser localizadas, las mujeres humanas lo hacen para evitar ciertos peligros (descomposición,  asegurarse que no queda dentro del cuerpo de la madre…). Pero lo que prevalece es la explicación psicosocial, es decir, que hemos asimilado estas precauciones médicas como rasgo cultural.  Esto daría para un post entero, así que dejo aquí las consideraciones e implicaciones psicosociales del fin del embarazo, la placenta y los rituales a la que es sometida.

 

Para terminar, y volviendo a mis “batallitas”, me gustaría compartir con vosotros mi experiencia en los partes humanos y naturales (en contraposición de los artificiales y antihumanos). Por una parte, en la bibliografía etnológica hay miles de prácticas rituales documentadas en sociedades no occidentales. Hay ritos preciosos y llenos de contenido. Pero de lo que realmente puedo y me fascina hablar, pues lo he visto, es de mi convivencia con grupos próximos a la caza-recolección, durante la cual he tenido el placer de asistir a 5 partos. Experiencias maravillosas, plenamente humanas. Y el rasgo común en todos ellos fue el cariño y respeto mostrado por el órgano maternofilial. La placenta aún está viva cuando sale del cuerpo de la madre. El bebé sigue estando conectado a ella. Se coge, se besa, y hasta se entierra rindiéndole homenaje. Otras veces se quema. Otras se da de comer a algún animal. Algunas parturientas la conservan en recipientes fabricados para tal uso, y aprovechando la climatología, la dejan secar.

No sé vosotros, pero mi madre aún conserva gran parte de mi cordón umbilical seco, con gran cariño. Podéis llamarme (y llamarle a ella) hippie, aunque preferiría humana.

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