El juego, o cómo nuestra existencia se reduce a jugar… (Parte 1)

Si todavía no me conoces… Visita mi About y mi Porqué. Si no te quieres perder la saga de África, no dejes de visitar mi otro post. ¡Y bienvenido!

Me resulta muy sugerente la idea de que el juego es lo que nos hace humanos (véase J. Huizinga Homo Ludens, el hombre que juega), tanto a nivel cultural, biológico y conductual, tan fuertemente relacionados. Y entiendo que no se nos tome en serio, pues de hecho, por definición, el juego no es para nada serio. En cualquier mamífero, el juego desempeña y cumple una función claramente de aprender habilidades y practicar aquellas que servirán a lo largo de la vida del individuo, sin ser realmente consciente de que se está jugando: el león aprende a depredar, las gacelas, a huir, los pájaros, a volar. Hasta aquí de acuerdo, pero es que los humanos hemos desarrollado y creado nuevas funciones, y, sobre todo, el juego no acaba cuando somos adultos, y no sólo nos sirve para aprender las habilidades específicas de nuestra especie. Aquí entra el adjetivo social: el juego social.

8391663863_3ee1f0a558_oNiños Batek enTaman Negara, 2013. Esta foto es brutal. No tiene desperdicio el comentario de su autor:

They were posing with two fingers jutting up, doing the V-sign… something that they undoubtedly learnt from local Malay villagers and tourists (their parents neither today nor 20 years ago ever made those gestures). I told them that, as batɛk hǝp (people of the forest), they shouldn’t make those gestures. They should pose like they’re shooting with the blowpipe. That’s what they’re doing in this photo.

I gave everyone enough elastic to make catapults with (the boy on right carries a bag filled with pebbles—shot for the catapults; the boy in the middle is clutching his catapult). Then I gave them toy blowpipes. They need those to learn how to become competent hunters; these toys, together with miniature digging blades, are part of every child’s standard toolkit. Sadly, no birds or squirrels were harmed in the making of this photo.

Después de pasar una temporada en una sociedad relativamente al margen de nuestro sistema-mundo, creo que he podido comprobar y acabar de perfilar parte de esas ideas que tenía antes de desembarcar del avión. Como arqueóloga, es inevitable la comparación con estas sociedades actuales que tienen una economía “””similar””” a los cazadores recolectores paleolíticos (c-r a partir de ahora). La comparación, en parte útil, nos traiciona en muchos campos si se coge como paralelo estricto, pues las condiciones ambientales, culturales y sociales son radicalmente distintas y no se suelen encontrar tribus “puras”. Muchas de estas sociedades, como con la que yo conviví, han sufrido ya importantes transformaciones en sus prácticas económicas y sociales, pero personalmente creo que no han perdido la coherencia evolutiva a nivel de comportamiento. Siguen teniendo una relación muy directa con su entorno y naturaleza, no han sufrido cambios bruscos en exceso, y sobre todo, se han librado del “mal occidental”. (Perdonádme si suena muy tendencioso).

Cuanto más leo y recuerdo mis días en África, más fascinada estoy por la vida social de los cazadores-recolectores. Y si algo veo en común en la literatura antropológica y arqueológica de las sociedades c-r estudiadas en los años 60 y 70, es el lugar primordial que ocupan juego y humor en todas las franjas de edad, no sólo en los niños, y en todos los aspectos de su existencia.

Como decía, el juego lo entiendo como un elemento fundacional de los grupos humanos y de la propia naturaleza del individuo. Es el garante de un modo de vida y de organización cooperativo e igualitario, también tiene un gran papel en mantener el feedback entre libertad y autonomía individual y convivencia en grupo… Es el core, el núcleo, de las estructuras sociales humanas. Jugar no es (sólo) añadir diversión, es un elemento de mantenimiento de la existencia: los c-r no sólo se movían por su supervivencia. Y me resulta una pieza clave para entender la naturaleza humana y su gran capacidad de adaptabilidad.

darts

Niños Nükâk fabricándose dardos para jugar en el campamento.

En nuestra cultura el juego ha adoptado connotaciones negativas y despectivas, en especial en referencia al juego entre los adultos. Es algo tabú, pues parece que es incompatible ser responsable y divertirse, tanto en tu vida personal como profesional (aprovecho y enlazo la entrada de Robert, que me viene al dedillo: “¿Qué sentido tiene separar vida personal de vida profesional?”).

Ha sido desterrado a determinadas etapas de nuestra vida, y además, se ha pautado este juego (ya hablaré en próximos posts cómo se ha moldeado la infancia, la educación y cómo condiciona nuestra salud mental, bienestar y movilidad física… ¡se me acumulan temas!). Para algunos puede resultar hasta ofensivo leer que somos movimiento y juego (y en definitiva, motivados por instintos). Con compañeros de profesión lo he hablado largo y tendido, y paradójicamente me responden que la vida de cazador recolector era muy dura, que no estaba llena de diversión, sino llena de hambrunas, muerte y dolor.  No niego que la vida fuese dura, pero es que el juego no es una vía de escape, es el hacer frente y es también una forma de apañárselas con las grandes dificultades de una vida nada fácil ni apacible en general. Pero es que lo que sí que es duro es que en los estudios antropológicos y arqueológicos no se usen las palabras “jugar” o “lúdico”. De lo que no hay duda es que lo que se describe, ni que sea con otras palabras, son actividades de juego y comportamientos lúdicos.

Y desde luego, si hablo de juego, no hablo necesariamente de juego competitivo, pues, de hecho, la gran mayoría no lo es. Aún y en c-r, las actividades más puramente de juego se detectan más entre los niños que en los adultos, pues entre estos últimos se mezclan otros motivos para realizar las tareas diarias. Pero todo es juego, pues es una elección propia, con opción continua a salir del juego, sigue unas reglas mentales y gran parte de la motivación para jugar está en el propio juego, no en su fin.

Lo que me dejó alucinada de la tribu en la que estuve es cómo creen firmemente que sus niños pueden, desde sus propias iniciativas, aprender aquello que necesitan, y que por lo tanto no se preocupan por la educación de los niños (o se preocupan tanto que les dejan que lo hagan ellos). Ni intentan controlarla: defienden firmemente la autonomía personal. Les resulta pretencioso pensar que conocen qué es lo mejor para otra persona mejor que la propia persona, y por lo tanto, no intentan enseñar en tanto que los niños hagan las cosas que los adultos quieren y que quizás los niños no necesitan aún, pero sí que los educan en tanto que deliberadamente ayudan a los niños a aprender aquello que quieren y necesitan. Sería un error pensar que la educación en estas sociedades no es un aspecto importante por cómo de relajados se lo toman o lo poco que tienen a aprender. ¿De verdad crees que es poco?

pipperNiño Nükâk practicando con su Blowpipe (cerbatana)

Y es que no se me ocurre otra palabra: JUGAR.

Somos imitadores, y tenemos la capacidad de aprender viendo, observando y reproduciendo, pues de hecho, gran parte del aprendizaje no requiere teaching. He vivido en primera persona cómo los adultos del poblado permitían a los niños observar y ser partícipes de las actividades de los adultos, aceptando, tolerando y motivando sus interrupciones y proporcionándoles en todo momento la información, en el caso de ser pedida. Una gran diferencia con la sociedad occidental, es que cada niño tiene pleno derecho como un miembro más, simplemente es una persona en pequeño que debe crecer y al que hay que dejar hacer.

Me encantó ver cómo de motivados están por acompañar a sus padres y otros adultos a las actividades. Observan, asimilan y reproducen el comportamiento adulto en forma de juego, un juego, por cierto, del que pueden salir cuando quieran, y como no dejan nunca de jugar, siempre tienen la opción de abandonar. Y son juegos que, con el tiempo, acaban deviniendo actividades reales, sin ser conscientes.

Se forma un ambiente totalmente propicio al re-descubrimiento del mundo por parte de los más pequeños. Y a la pregunta ¿Cómo aprenden? ¿Cómo les enseñan? Asombrosamente sencillo: ¡Dándoles a los niños todo el tiempo del mundo para jugar y explorar, y, en consecuencia, para aprender!

La ayuda viene cuando el niño muestra un verdadero interés por conocer lo que el adulto puede ofrecerle. Y es que hasta los niños piensan que quién mejores que ellos para experimentarlo todo… ¿Por qué desvelar el misterio pudiendo descubrir uno mismo, mientras disfrutas jugando, explorando, equivocándote…?

father_son

Me llena de satisfacción decir que he presenciado y protagonizado este tipo de escenas… conmovedor.

He podido sacar de esta experiencia grandes conclusiones, he reflexionado largo y tendido, y sobre todo, he podido aplicarlo en mi día a día, en mi vida. Seguramente te preguntas que a qué viene todo esto y dudas de cómo he podido hacerlo… Para mi, y de forma contundente, el juego, en todas sus vertientes, le da sentido a todo, a hacer las cosas por el simple hecho de hacerlas, por el placer mientras experimentas, hacer las cosas por nada.

No necesito que nadie experimente por mi. Me muevo por mi, por el placer que da el propio movimiento, y sin tener que pensar en ningún objetivo a cubrir más allá del propio juego. Y esto no va reñido con seguir alimentando mis inquietudes y persiguiendo mis sueños. Aunque si os soy sincera… no me puedo quejar de nada. Tengo todo lo que necesito, quiero todo lo que tengo, en cantidad suficiente, y sobre todo… ¡tengo todo el tiempo del mundo!

¡Un abrazo!

 

P.D. ¡Aviso a navegantes! Hice sólo 5 fotos de la temporada pasada en el poblado… Y he tenido que tirar de mis instantáneas favoritas que corren por la bibliografía antropológica… Si alguien quiere más información sobre algún aspecto o saber de dónde salen todas las fotos, ¡que me lo haga saber!

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9 comentarios

  1. Muchas felicidades . Buen trabajo

    1. Wild Heidi · · Responder

      Gracias, Laje. Cuídate.

  2. Fantástico!!! Y clarificador. Genial. Gracias.

    1. Wild Heidi · · Responder

      Gracias Carlos! ¡Para mi es un placer tenerte como lector! Este tema da para mucho… a ver cuando subo la segunda parte!
      Un abrazo!

      1. El placer es mío leyéndote! Es fantástica la orientación que le das.
        Un abrazo!!!

  3. Es clavado a cómo quiero educar a mis hijos en el futuro…dejar hacer y no estar encima todo el día porque se “ensucien” o se puedan hacer “daño”… Cuanto tenemos que aprender!

    1. Wild Heidi · · Responder

      Es genial que estéis concienciados en querer no-educar a vuestros (futuros) hijos… Y aunque no tengáis la oportunidad de llevarlos a un centro con pedagogía Waldorf, tendrán mucho ganado! Me encanta leer comentarios como el tuyo, Freixa! Seguiré ahondando en este tema… Por suerte he recibido educación Waldorf y rural, y junto con todas mis experiencias, en especial África, tengo tantas y tantas cosas por compartir…
      Un abrazo!

  4. Encantado con estos temas. Espero no dejes de escribir. Desde que el barefoot entró en mi vida, todo lo demás ha venido sólo. Paleodieta, entrenamiento natural, el paleolítico. Me encantan estos temas, espero sigas escribiendo artículos tan interesantes..

    1. Wild Heidi · · Responder

      Ups Ángel, veo que no te contesté!
      Gracias por escribirme!
      El empezar a buscar el bienestar físico y emocional te lleva a descubrir muchas cosas, y yo encantada que hayas llegado a mi pequeño blog! Ahora que miro las entradas hasta el moment publicadas… parece que tenga una obsesión con el juego (que la tengo jajaja) pero si vas pasándote a menudo verás otras temáticas también… Estoy preparando cositas con tema de movimiento y movilidad (no en sentido fisiológico), que enlaza muy bien con nuestra filosofía barefoot y entrenamiento natural…
      ¡No dejes de curiosear!
      Un abrazo.

¿Alguna sugerencia? ¡Deja un comentario!

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